ESTRELLAS JUZGACES

 

Procedo en esta columna con toda la mesura que soy capaz de hallar en mi sin recurrir a los calmantes. Un adjetivo de más y me dirán que está escrita en estado de pánico, o atenazado por los nervios. No es fácil expresarse sin titubeos bajo el severo escrutinio de un tribunal sentado tan arriba, en las alturas que otorga la superioridad moral. Reconozco que hay lunes que me vence el desánimo y no puedo evitar preguntarme: ¿por qué no nací de izquierdas? Esta tara supone una maldición que no creo merecer, porque los artículos serían más fáciles, podría dar lecciones a todo dios sin argumentar demasiado, y se me permitiría una desmemoria, o mejor dicho, una memoria selectiva, sin tener que ruborizarme al escribir. Podemos ha fichado a un magistrado para encabezar sus listas al Congreso de los Diputados en Balears. El Partido Popular lo ha criticado, y lo tertulianos y columnistas que no adolecen del mismo defecto que yo, se han preguntado qué hubiera dicho el PP si ellos hubieran incorporado a un juez en su candidatura. Aunque los opinadores de izquierdas son en general mucho más justos e inteligentes que los demás, se ha de reconocer que esa pregunta, aunque sea retórica, es poco interesante porque la respuesta es demasiado obvia. Lo intrigante, lo que excita sobremanera nuestra curiosidad, es saber qué hubieran dicho ellos sobre la independencia de ese juez incorporado a un partido político no ungido por la ética superior de la nueva izquierda, incorrupta, incontestable, imbatible en su perfección.

Enrolarse en las listas electorales de un partido político, aunque se haga como independiente, supone asumir un elevado nivel de compromiso con sus programas de gobierno y su planteamiento ideológico global. Esto es una cosa, muy respetable, y otra muy distinta es que un partido te proponga para un cargo en el que, al menos en teoría, se exige actuar con independencia de criterio. Provoca sonrojo acudir a la hemeroteca para recordar las salvajadas escritas, los insultos pronunciados sobre jueces y magistrados nombrados a propuesta del PP o del PSOE como vocales del Consejo General del Poder Judicial, o como miembros del Tribunal Constitucional. Nunca fueron en sus listas, ni participaron en sus mítines electorales, pero quedaba claro que, a pesar de sus años de ejercicio profesional, no eran más que borregos al servicio de quien les había propuesto para el cargo. El bochorno se torna insoportable al comprobar que algunos de los que firmaban los improperios, o al menos sembraban dudas sobre la honorabilidad profesional de aquellos miembros de la judicatura, son los que ahora reclaman respeto para las incorporaciones de Podemos. Yo, desde una inferioridad moral que trato de mejorar, lo que me atrevo a reclamar es que los agravios, o los elogios, sean también de izquierdas, o sea, igualitarios con todos los jueces. Al final, el más lúcido y honesto en el análisis ha sido Jaume Font, del PI, al declarar que “cada uno fiche al que pueda”. El ha predicado con el ejemplo y se ha fichado a sí mismo, en un ejercicio de sinceridad que no se ha valorado lo suficiente.
La estrella esperada era Castro. Y no nos engañemos, ni engañemos al personal: el principal motivo que explicaba su posible impacto en los resultados electorales de Podemos no era lo que representa su compromiso indudable contra la corrupción, sino que lleva un lustro abriendo día sí y día también los informativos de todas las televisiones. El periódico más leído por los electores convocados a las urnas el 20 de diciembre es el Marca. Castro es Messi, e Yllanes es un talentoso medio centro que juega en un equipo del Cáucaso, bien conocido por los ojeadores de los principales equipos europeos. Yo últimamente leo mucho sobre alpinismo de élite, pero cuando hablo en la calle de Reinhold Messner me preguntan si es un delantero del Villareal. Es obvio que las personas que habitan en la atalaya moral de la nueva izquierda tienen mejor visión panorámica, y por tanto mejor perspectiva, y si detectan desde allá arriba pánico y nervios ante el fichaje de un juez desconocido para el 95% de los votantes, será cierto. Desde aquí abajo, los observadores más miopes no llegamos a ver tan lejos, pero sí podemos oler de cerca el miedo en el cuerpo de un candidato que hace menos de un año aspiraba a ser el próximo Presidente del Gobierno. A Pablo Iglesias las últimas encuestas le auguran unos resultados que mejoran un poco los de Julio Anguita hace veinte años.

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