EL PSEUDO-ENTORNO FORASTER

“La opinión publica responde, no al entorno, sino a un pseudo-entorno construido por los medios informativos”. Casi un siglo más tarde, disponemos de una colección apabullante de ejemplos que corroboran la tesis de Walter Lippmann. Ese pseudo-entorno es una visión del mundo que existe en nuestra mente, siempre incompleta frente a la realidad, y a menudo también inexacta. Para Lippmann, el comportamiento humano responde a esa visión, y no al entorno real. Por eso gran parte de su obra como periodista e intelectual, con perdón, se centró en denunciar la tendencia de su profesión a generalizar en el tratamiento de las personas basándose en prejuicios. El periodismo es una actividad empírica, que se apoya en observaciones verificables, y no observar esta ética profesional ha sido el origen de grandes escándalos en el gremio informativo europeo y norteamericano en los últimos años. Es cierto que la profesión se basa en gran medida en la tradición del relato, pero el buen periodismo es algo más que limitarse a contar una buena historia. Tiene que ver con contar historias que contengan una dosis importante de utilidad cívica. De nuevo asoma un componente moral en el periodista.

Este análisis no es incompatible con una cierta contención a la hora de analizar los objetivos del periodismo. Hace cincuenta años Bernard Cohen afirmaba que los medios informativos quizá no tengan éxito a la hora de decir a la gente qué es lo que tiene que pensar, pero sí lo tienen a la hora de decirle a sus audiencias sobre qué tienen que pensar. De nuevo el pseudo-entorno. Esta fue la idea precursora de la teoría del “establecimiento de agenda” de los medios desarrollada por Maxwell McCombs, según la cual la información que suministran los medios informativos juega un papel central en la construcción de nuestras imágenes de la realidad. La repetición de un tema desde un determinado enfoque, un día y otro día, es el más potente de los mensajes para que nos quede clara su importancia. Por tanto, la agenda de los medios es en gran medida la agenda pública, de ahí el interés por saber cómo se distribuyen las opiniones sobre un asunto: cuántos a favor, cuántos en contra, a cuántos les da igual o están indecisos. Esto explica la fascinación de los medios por los sondeos de opinión. El problema surge cuando algunos medios, a la hora de determinar los temas de interés, utilizan esos estudios demoscópicos como papel higiénico.

Hace unos días Diario de Mallorca publicaba una encuesta de Gadeso que reflejaba que la mayoría de ciudadanos de nuestra comunidad se siente tan español como balear. A la pregunta ¿con que territorio se siente más identificado?, un 63% respondía con su propia isla (Mallorca), un 35% con Balears, y un ínfimo 2% con los Països Catalans. Gadeso es una fundación promovida por Antoni Tarabini, compañero de estas páginas y poco sospechoso de ser un españolazo centralista. Unos meses antes, otro periódico local publicaba un estudio del IBES en Balears, según el cual sólo el 5% de los encuestados se declaraba partidario de integrarse en los Països Catalans. No deben ir muy errados estos informes, porque en las pasadas elecciones municipales y autonómicas MES obtenía los mejores resultados de su historia con una campaña inteligente, fresca, y bien planteada, orientada a dar respuesta a los problemas reales de su potencial electorado: recuperación de derechos sociales, mejora de los servicios públicos esenciales, incremento de la financiación, fomento de la lengua y la cultura propias… En definitiva, el éxito de una coalición mucho más eco que soberanista. Facilitó el planteamiento la expulsión de ERC, gracias a los insultos de Joan Lladó a sus compañeros de viaje al acusarlos de pucherazo en las primarias para sus listas electorales. Ya digo, en la campaña ni rastro de la construcción nacional, la independencia, ni mucho menos de ese concepto tan ofensivo para una mayoría, pero que explica para ciertos catalanistas el limitado auge del nacionalismo en nuestra comunidad: el auto odio que nos profesamos, nuestra falta de dignidad nacional en comparación con Cataluña o el País Vasco.

En Balears nos encontramos ante un caso digno de estudio en el campo del periodismo y sus efectos sobre la opinión publica. Leer en medios de comunicación, que aspiran a influir y conectar con una mayoría social del territorio en que se editan, que los resultados electorales del 27-S en Cataluña obligan ralentizar el proceso de construcción nacional de los Països Catalans como estado independiente, resulta simplemente asombroso. Nada de tender puentes, reconstruir la confianza, buscar espacios de entendimiento, sino que hay que seguir rompiendo España, pero un poco más despacio. Responsabilizar de la derrota en número de votos del independentismo a los inmigrantes del cinturón industrial de Barcelona, que siguen viendo las televisiones de Madrid y no terminan de comprender la cultura catalana -que se entiende que pasa por la fundación de un nuevo estado, con sus territorios anexionados y sus islitas vecinas- desprende un tufo xenófobo difícil de soportar en cualquier parte, pero menos aún en un territorio de la composición social e ideológica de Balears. Tendremos que permanecer atentos para ver qué sucede en el futuro: si la presión de los medios de comunicación cambia el pseudo-entorno, y con él los resultados de las próximas encuestas de IBES y Gadeso, o por el contrario, se cumplen las previsiones establecidas en 1960 por Joseph Klapper en su obra “Los efectos de la comunicación de masas”. En ella vino a rebajar las expectativas de editorialistas y columnistas iluminados con su “teoría de los efectos limitados”, que viene a decir que la sociedad tiene la capacidad de seleccionar y discriminar los mensajes que los medios emiten.

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