LOS HOMBRES DE MADISON

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A Peggy Guggenheim le preguntaron una vez cuántos maridos había tenido, y ella contestó: ¿míos o de otras?. El director de Arte de la BBC, Will Gompertz, describió a la multimillonaria neoyorkina como una mujer atrapada por tres grandes pasiones: el dinero, los hombres y el arte moderno. Su biografía apunta a que quizá no fuera ese el orden de prioridades, porque da la impresión de haber puesto más de una vez su mecenazgo y su cuenta corriente al servicio del apetito sexual. La nómina de amantes de Peggy Guggenheim se acerca en extensión a la de Giacomo Casanova, pero el feminismo de la época jamás reivindicó su figura como símbolo de igualdad entre hombres y mujeres, ni siquiera como pionera de la liberación sexual femenina. Peggy las exculpó con una sonrisa: “Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso”. A los treinta años mandó al cuerno a un marido maltratador. La violencia de género como causa de divorcio supone hoy una exigencia moral, pero se ha de reconocer el mérito de esa separación en 1928. Tampoco encontró en ese hito de su vida demasiadas alabanzas. Según sus detractores, lo tenía fácil porque era millonaria.

Pero las mayores críticas a la rica heredera no vinieron por ahí. Existen centenares de ensayos y artículos que explican la escasa presencia de mujeres en el mundo del arte. Parecía que el siglo XX nos iba a deparar una paulatina incorporación de éstas a los movimientos contemporáneos, si no en un plano de igualdad, sí al menos en una proporción superior a la de siglos pasados. Pero no ha sido así, y no sólo en el plano de la creación, sino también en la gestión de los grandes centros de poder cultural. No es casualidad que las tres principales instituciones mundiales del arte moderno, el MoMA neoyorkino, el Centro Pompidou de París y la Tate Gallery de Londres, hayan estado siempre dirigidas por hombres (excepto un breve período de dos años el Pompidou). A Peggy Guggenheim se le reprochó no haber apoyado con más convicción la causa femenina en el arte. En 1943 organizó en Nueva York la Exhibition by 31 Women, e incluyó en ella a artistas como Leonora Carrington, Djuna Barnes, Frida Kahlo o Meret Oppenheim. A la inauguración asistió a acompañada por su segundo marido, el surrealista Max Ernst, con quien se había casado hacía un año. Este quedó totalmente fascinado ese día por varias de las obras expuestas, pero especialmente por una de las artistas allí presentes, Dorothea Tanning. Poco después se divorció de la Guggenheim y se casó con ella. Peggy salió tan herida del lance que optó por caminos diferentes al del mecenazgo de género, para mayor gloria de Jackson Pollock y otros descubrimientos geniales. Cuesta imaginar a Larry Gagosian negándose a patrocinar artistas masculinos porque Jeff Koons le hubiera robado a su mujer. Por eso el debate sobre la igualdad de género lleva a conclusiones especialmente absurdas cuando se adentra en el terreno de la psicología, masculina y femenina, pretendiendo equiparar sus motivaciones más íntimas. Por la misma razón un portal de contactos en internet es un fraude radical, de concepto, que se intenta disimular con frases como “pagar por un sueño” o “vender una ilusión”.

Anda el patio mediático revuelto calculando el número aproximado de millones de hombres en el mundo que no pegan ojo desde hace dos semanas por la filtración en internet de la base de datos de Ashley Madison, la web para ingenuos a los que además les gustaría ser infieles. Internet y discreción son términos de imposible convivencia a medio plazo, como tener un cocodrilo hambriento de mascota doméstica. Nos llegan noticias de dos suicidios y siete parejas en trámites de divorcio. No parecen demasiados dada la magnitud del desastre provocado por los hackers justicieros. Ya que estamos destripando el negocio, lo interesante sería conocer el porcentaje de éxito en el empeño fornicador fuera del matrimonio. Según los datos publicados, existen 31 millones de hombres dados de alta como usuarios del servicio, y 5’5 millones de mujeres. De estas últimas se calcula que el 95% son perfiles falsos. Es decir, atendiendo a las nuevas tecnologías hay menos de nueve mujeres reales dispuestas a la cornamenta por cada mil hombres. Para los hombres de Madison es algo parecido a que te toque el Gordo por Navidad, aunque un breve vistazo a nuestro alrededor desmiente ese porcentaje. Esto desmonta por completo otra teoría boba de género, según la cual en cuestiones de sexo las mujeres son más soñadoras, y los hombres más realistas. Hay que ser iluso, o estar desesperado, para creer que vas a ser tú el elegido entre la inmensa manada de depredadores que suben su foto, su teléfono móvil y el número de su tarjeta de crédito a una nube indeterminada para intentar desde allí alcanzar el paraíso concupiscente.

Puestos a soñar, yo preferiría despertar cada mañana con la visión de un móvil de Alexander Calder sobre mi cabeza, como el que tenía en su dormitorio Peggy Guggenheim. Ya en la vejez recorría los canales de Venecia en su góndola privada, y escribió a un amigo: “adoro flotar hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó”. Como a muchos de los hombres de Madison.

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