PUDOR E IGUALDAD

Tengo un amigo que me insiste en que evite los artículos “paquete”, o sea, pa’ qué te metes. Son esos en los que uno sabe de antemano que si te mueves un milímetro del discurso políticamente correcto te van a dar hasta en el carnet de identidad. A mi me gusta Toni Nadal. Me gustaba cuando dijo aquella tontería de que el castellano se aprende viendo dibujos animados en la tele. Me gustó aún más cuando lo conocí en persona y pude discrepar y coincidir con él durante horas. Y me sigue gustando ahora que ha resbalado explicando mal una obviedad. El problema es que algunos le estaban esperando, agazapados, para darle duro a la primera oportunidad que se presentara. A otros se les ha caído del pedestal, un lugar incómodo para los humanos por lo exiguo del espacio para moverse. Un resbalón y te vienes abajo desde allí arriba, con toda esa inercia que imprime el peso de la perfección adjudicada previamente sin haberlo pedido. Las críticas furibundas resultan un tanto cómicas cuando el sujeto divinizado no ha reclamado en ningún momento su ascensión al Olimpo. La mayoría aspiramos a hacer nuestro trabajo lo mejor que sabemos, a tratar bien a las personas que nos rodean, a cumplir con nuestras obligaciones y disfrutar de la vida sin molestar demasiado al prójimo. Pero ser el faro que todo lo ilumina con su sabiduría, constituirse en ejemplo universal cada vez que se abre la boca deviene agotador, y frustrante, si no se es Gandhi o Mandela. Y claro, Toni Nadal no llega a ese nivel.

El pudor se ha convertido en algo rancio, caduco, propio de los homínidos asilvestrados que arrastraban a sus hembras por los pelos para llevarlas a la cueva en la noche de los tiempos. Lo moderno consiste en superar totalmente las ataduras del decoro, casposa palabra, liberarse de las vergüenzas en la exposición de los cuerpos, y alcanzar así una nueva dimensión, más libre e igualitaria, en las relaciones entre sujetos de distinto sexo. En sus primeras declaraciones, Toni Nadal fue desgranando una batería de argumentos contundentes por los que consideraba un error el nombramiento de Gala León como capitana del equipo español de Copa Davis. Seguidamente le deseó suerte en el cargo, y al final, sólo al final, se refirió a la cuestión de compartir un vestuario masculino. Si uno atiende a la intervención completa, es evidente que no considera ese asunto un problema irresoluble, ni le resulta el mayor de los inconvenientes. Simplemente le parece una circunstancia más a solventar, y él preferiría las cosas más sencillas. A partir de ahí hemos leído y escuchado interpretaciones variopintas con un denominador común: Toni Nadal es un machista.

El pudor masculino hace siglos que está mal visto, es minoritario y conviene esconderlo. Pero hoy más que nunca, si dices que, de poder elegir, prefieres mostrarte desnudo sólo ante individuos de tu mismo sexo, o ante una mujer con la que compartes tu intimidad, te conviertes en sospechoso de varias taras. Hasta ahora el catálogo aproximado era el siguiente: tienes un trauma de la infancia, tu sexualidad está reprimida, has recibido una educación castradora, no te aceptas a ti mismo porque la tienes pequeña, follas poco, follas mal, y en este plan. No digo yo que todo esto no pueda ser cierto, pero es que ahora la lista de defectos se amplía: si te tapas el sexo es porque no soportas la igualdad entre hombres y mujeres. Así que puedes haber sido el campeón del mundo cambiando pañales, dejar tu casa los sábados por la mañana como los chorros del oro, ejercer una paternidad responsable, tratar de rodearte de las mejores mujeres a la hora de formar equipos profesionales… pero si en la playa te pones la toalla por encima en el momento de cambiarte el bañador no cabe en cabeza humana moderna que lo hagas por respeto a los demás. La razón verdadera es que, en el fondo, defiendes la dictadura del falo.

Los hombres que piensan así deben evolucionar, pero las mujeres también. Las que, de poder elegir, prefieren que las explore una ginecóloga porque se sienten más tranquilas, lo que en realidad están haciendo con su decisión es poner palos en la rueda de la liberación femenina. Las jugadoras de un equipo de fútbol que confiesan en privado no tener inconveniente en que las dirija un hombre pero que, de poder elegir y en igualdad de condiciones, se sentirían más relajadas con una entrenadora, son una rémora en el camino de la igualdad de sexos. Las mujeres de jugadores de la NBA que han declarado que entienden el trabajo de las periodistas que acceden a los vestuarios de los equipos de sus parejas tras los partidos, pero que no se sienten cómodas con la situación, son una antigüedad victoriana en pleno siglo XXI. Por los gimnasios de todo el mundo circula un número indeterminado de descerebrados que consideran que una mujer vestida con una malla deportiva lo que en realidad está haciendo es pedir guerra. Hay muchas que los ponen en su sitio, otras que pasan de ellos. Pero las que optan por acudir a un club sólo para féminas ¿debemos considerarlas unas cobardes que eluden el problema y abandonan el barco de la igualdad de sexos? El problema de explicar tanto cómo se debe ser libre e igual es que, finalmente, queda poco espacio para el ejercicio real de la libertad y la igualdad entre personas con los mismos derechos, por supuesto, pero diferentes en todo lo demás.

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