¿EL FINAL DE ETA?

A principios de este año se presentaba en Vitoria un interesante libro titulado “Democracia, nacionalismo y terrorismo en el País Vasco”, editado por la Fundación “Ciudadanía y Libertad”. Uno de los artículos que lo componen se titula “La disolución” y está escrito por Teo Uriarte, militante de ETA p-m durante los últimos años del franquismo y condenado a muerte en el proceso de Burgos. La pena le fue conmutada y posteriormente fundó con otros ex-etarras Euskadiko Ezkerra. Parte de esta formación política terminó fusionándose con el Partido Socialista de Euskadi. El pronóstico que hacía Uriarte y que yo en gran medida comparto es el siguiente: en primer lugar, no se va a producir una entrega formal y verificable de las armas por parte de ETA. Ello supondría un acto de rendición de un grupo de delincuentes que se siguen considerando a sí mismos gudaris, soldados de liberación nacional. Equivaldría a asumir públicamente una derrota militar que va exactamente en la dirección contraria a toda la escenificación a la que estamos asistiendo en las últimas semanas: declaraciones de los presos, conferencias internacionales de paz y demás sainetes mediáticos. Otra cosa distinta será que “misteriosamente” vayan apareciendo zulos y arsenales por doquier. En segundo lugar, ETA no se va a disolver, principalmente porque ninguno de sus actuales jefes militares goza de la capacidad o, aunque suene terrible, la autoridad moral suficiente entre sus militantes para declarar el final de la banda. Y aunque lo hubiera, en las actuales circunstancias nadie querría asumir ese papel para la historia. Preferirán irse diluyendo al estilo de los GRAPO, o disolviéndose en ese variado magma político que es la izquierda abertzale. No esperemos un comunicado final, el último, del que apaga la luz al salir, porque no lo habrá.

¿Qué es lo que ha cambiado entonces desde el pasado jueves a las siete de la tarde? Además del alivio y la esperanza de una vida normal para miles de personas, hay otra cuestión fundamental: se ha derrumbado de manera estruendosa uno de los mitos del nacionalismo vasco: el de la imbatibilidad de ETA. Los recolectores de las nueces del árbol que se agitaba a bombazos ya no podrán seguir castigando nuestros oídos con el latiguillo impenitente de la negociación política como única salida posible al terrorismo. ETA ha asumido internamente una derrota policial, porque una organización terrorista o mata o se convierte en otra cosa. El histórico batasuno Tasio Erkizia lo explicó hace un año con una frase demoledora que resume con exactitud el pensamiento actual de los dirigentes de ETA: “Hoy hay más razones que nunca para seguir con la lucha armada, pero menos condiciones objetivas y subjetivas”. Las últimas se refieren a la pérdida de prestigio social, pero históricamente esto les ha importado poco a los terroristas. Por tanto, lo que viene a reconocer al hablar de condiciones objetivas es que las detenciones, las ilegalizaciones de sus sucesivos tentáculos políticos y el estrangulamiento financiero les han llevado al colapso final. Esta es la clave, la piedra de bóveda sobre la que se debe sostener la estrategia del gobierno que surja de las próximas elecciones. De otra manera, ganada la batalla policial, se corre el riesgo de perder la batalla política frente a los que siempre han justificado los crímenes de ETA. La lógica de Batasuna se ha venido abajo porque, si no hay condiciones para la lucha armada, ¿qué se va a negociar con el gobierno?

Por primera vez en su historia un comunicado de ETA no cita la autodeterminación y la territorialidad como condiciones ineludibles del final de su actividad criminal. Sólo habla de las consecuencias del conflicto, que se podrían resumir en tres puntos: los presos, la Ley de Partidos y la situación financiera de todo ese entramado y sus dirigentes. Hablando claro, la cuestión a dilucidar es si la sociedad española está preparada para soportar en un plazo de tiempo más breve de lo que la mayoría está imaginando un proceso de excarcelaciones y exilios de etarras subvencionado con fondos públicos. Suena duro, pero es así.

Rubalcaba siempre pensó que Zapatero traspasó todas las líneas rojas en sus conversaciones con ETA, aceptando una hoja de ruta que sólo podía acabar en accidente grave, y retrasando así el final de la banda. La extraña obviedad que el ex–ministro del Interior pronunció con la voz quebrada el jueves en la sede de Ferraz cuando dijo que “le hubiera gustado que este comunicado llegara antes” era un misil sibilino hacia un Presidente del Gobierno que sólo llamó antes de su comparecencia pública al Rey y a Rajoy para pactar sus declaraciones ante los medios. Por extraño que resulte, la discrepancia del dolido candidato socialista puede jugar a favor de los necesarios acuerdos futuros en este asunto entre gobierno y oposición.

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