Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Me gusta este refrán porque resume con exactitud el funcionamiento habitual de nuestro cerebro. Si alguien recibe muchas alabanzas será por algo, algún motivo habrá para merecerlas, alguna virtud debe atesorar, aunque a ti de primeras se te escape. Por tanto, aunque mantengas dudas, merece la pena investigar el asunto. Este es el tipo de curiosidad que siempre ha despertado en mí la proclamada superioridad moral de la izquierda, un discurso extendido y aceptado por muchas personas, incluida una parte mayoritaria de la intelectualidad occidental. Cuando el río suena… conviene poner la oreja.
Para empezar, los valores tradicionales de la izquierda suelen ser inatacables. A ver qué persona decente se manifiesta en contra de la fraternidad, por ejemplo. Una sociedad fraternal conlleva respeto y empatía por los demás. Por esta vía quedarían solucionados en 24 horas el conflicto árabe-israelí y la invasión de Ucrania por Putin. Casi nada. Sucede que el mundo se empeña en no ser así desde el principio de los tiempos, convirtiendo la fraternidad en un desiderátum, que tampoco está mal, pero no es lo mismo. En realidad todos los valores son eso, deseos no cumplidos, aspiraciones que marcan una dirección a la hora de conducirnos por la vida.
A diferencia de la fraternidad, no es tan sencillo defender a toda costa la libertad individual, un valor tradicional de la derecha. Desde el Código de Hammurabi en el año 1700 A.C., la humanidad vienen escribiendo para ordenar el libre albedrío, de tal manera que sea posible la convivencia entre personas que son y piensan distinto. Vemos cómo la libertad, a diferencia de la fraternidad, no puede concebirse como un valor absoluto. Las personas libres pueden hacer el bien, y también cometer atrocidades que se podrían evitar si estuvieran encerradas con carácter preventivo. Esto sería otra barbaridad, pero asumimos que la libertad debe conllevar unos límites, y eso ya suena peor, o más complejo, que la fraternidad universal.
Pero si hay un valor que define a la izquierda es el de la igualdad social. Desde el punto de vista teórico también es irreprochable, como la fraternidad, pero en la práctica genera más problemas porque choca contra la naturaleza individual de las personas, que no son iguales. Por ejemplo, hay personas cuyo sistema de valores les anima a trabajar más que otras con creencias distintas sobre las bondades del esfuerzo. Este es uno de los motivos del fracaso absoluto del comunismo, una ideología capaz como ninguna otra de describir el paraíso en la Tierra cuya praxis se traduce en tiranía y miseria.
Ya digo que al comunismo debemos agradecerle que demostrara con hechos la falacia de la igualdad absoluta. De su naufragio surge la socialdemocracia, que matiza el asunto proponiendo la igualdad social y de oportunidades a través de una solidaridad que garantice servicios públicos de calidad para todos. De nuevo un planteamiento impecable que mantenía intacto el ADN fundacional de la izquierda, tan perfecto que fue asumido sin reservas por gran parte del liberalismo europeo.
Este esquema salta por los aires, como tantas otras cosas, por la decisión de un político de mantenerse en el poder a costa de lo que sea. Se ha escrito ya que los materiales con los que se construyó nuestra democracia tras la muerte de Franco no estaban previstos para resistir las decisiones de un gobernante como Pedro Sánchez. Su desfachatez para saltarse toda clase de reglas no escritas, y algunas escritas, está reinventando el juego de la política de tal forma que siempre gane él.
El acuerdo con ERC para ceder la recaudación de todos los tributos a Cataluña supone una mutación constitucional en toda regla, hecha por debajo de la mesa, poniendo en juego lo que no es suyo, sino de todos los españoles. Pero esto no es lo peor. Sánchez pretende resistir en La Moncloa empleando una estrategia que domina a la perfección, la de atizar los instintos más bajos que muchas personas, de izquierdas y de derechas, albergan en su interior. Primero fue el miedo -el fascismo, y tal y tal- y ahora la codicia.
Intentar que cale entre los ciudadanos la idea de que es mejor agarrar lo que se pueda para tu comunidad antes que proponer un modelo de financiación que garantice unos servicios públicos mínimamente homogéneos en todo el país, es una perversión sólo al alcance de un autócrata dispuesto a todo para seguir en el cargo. Esa táctica solo puede triunfar cuando no se atisba un proyecto coherente de país a largo plazo, sino la huida hacia adelante de un irresponsable. Ya que empezamos la columna con refranes, ¿existe algo más incompatible con los valores de la izquierda que esa idea del “ande yo caliente…”? Sabemos que la palabra de Sánchez no tiene ningún valor, pero su ambición está malversando el único patrimonio que reclamaba para sí la izquierda: el de la superioridad moral.
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